jueves, 17 de julio de 2008

Picaítos (III)

Todos somos picaítos, es decir, que ninguno tenemos la cabeza sana al 100 por 100.
Y mis amigos, los que me piden más capítulos de la serie "Picaítos", también tienen sus cosas.
A saber, tengo cerca a un picaíto que trabaja con algas microscópicas, que eso ya es -de por sí, mismamente- de estar muuuuy picao, pero además le da por hacer apuestas con sus amigos (algunos de ellos más picaítos que él) para que dejen de fumar o de beber o de f... en fin... De la última apuesta salió trasquilado en el más literal sentido de la palabra.
Otra de mis picaítas preferidas tiene una concepción psicológica muy particular de los problemas ajenos. Cuando le dices "pues fulanito no está muy bien, está distante, raro...", normalmente, su respuesta es que "Es que ese se hace muchas pajas" o al reves, que no se hace las suficientes. ¡¡Ya quisiera Sigmun Freud su claridad de ideas!!. Otra característica de esta picaíta es su concepción del tiempo. Ella hace planes para, en una hora, lavar, tender, ir al Merkadona, pasar por casa de su hermana para recoger una caballas, dar un paseíto por los toruños y, finalmente, para tomar café con una amiga. Imagináis que no le va a dar tiempo, verdad? Efectivamente, no le da, pero ella se niega a aceptarlo.
Tengo otro picaíto que cuando le ofreces un plan nocturno, de salir, copeo y tal, automáticamente le entra sueño, pero no como excusa, se duerme de pie, literalmente. Sin en cambio, si el plan es de correr por el campo, hacer rafting, escalar montañas, navegar, barranquismo, jugar al padel... Cosas que nos cansarían al resto de los mortales, a él le da un subidón. Pa'bernos matao.
Tengo otras dos picaítas que no se han dado cuenta aún de que realmente son jipis, tienen alma de okupas y creen en la propiedad colectiva. Con la excusa de que tienen una pared rota y con humedades en su dormitorio (ya ves tú) se van de excursión a conocer las casas de sus amigos y se quedan a vivir una temporadita. En el fondo, yo creo que son extraterrestres ladronas de cuerpos y, en cualquier momento, se metamorfosearán en el cuerpo del terrícola que les da cobijo y se quedarán con su casa y su trabajo. Tiempo al tiempo.
Otra de mis picaítas es una que se viste de Barbie Montañista para jugar al padel, ellas es así. Además, me da la impresión de que es una de las picaítas más sensatas que tengo alrededor, que hay que escucharla mucho, pero no es dada a regalar palabras. Las dosifica.
Y luego estoy yo, que tan picada estoy que me encanta tener a estos ejemplares alrededor.

martes, 8 de julio de 2008

Picaítos (II)


Ante las innumerables peticiones de mis lectores (siete u ocho) aquí está la segunda entrega de la serie “Picaítos”. En esta ocasión, el post irá dedicado a algunos miembros y miembras ( Viva Bibiana y a ver si la dejan en paz un poquito) de esta subespecie semihumana que han paseado su saber estar por el Pay Pay.

Son muchos las anécdotas sobre los picaítos del Pay Pay, algunas más simples y otras más enrevesadas.
Una sencilla, pero que me encanta y que me contó la Reina del Pay Pay ocurrió cuando el local estaba casi recién abierto y eran muchos los que se acercaban para ver cómo había cambiado, es decir, que conocieron el Pay Pay antiguo, cuando era Sala de Fiestas. Entró una mujer y se paseó lentamente por toda la sala, supongo que intentando ver rincones conocidos en el pasado. Se acercó a la barra y preguntó “¿Tienes café?”, la Reina contestó que sí, “Po porme un güisky”, respondió la picaíta.

Otra que a mí me gusta mucho ocurrió una noche que el Pay Pay estaba llenísimo de gente, los de la barra agobiados, poniendo copas sin parar. Detrás de la primera fila de clientes que intentaban pedir su copa en la barra, estaba una mujer muy bajita, que pegaba pequeños saltitos y pedía “¿Me das una Cocacola?”. Como tenía a mucha gente por delante, los de la barra iban sirviendo a todos los demás, mientras ella insistía una y otra vez “¿Me das una Cocacola?”. Hasta que la Reina, por no escucharla más, le dio la Cocacola. Iba a abrirla y la mujer bajita le pidió que no lo hiciera, que la dejara con la chapa. En ese momento de bulla, la Reina no se planteó nada más, no tenía tiempo. Alargó el brazo con la Cocacola hasta donde estaba la enana insistente, que se empinó para cogerla. Le lanzó una tierna sonrisa a la Reina, pronunció feliz “gracias” y se fue sin pagar. Lo cierto es que no podemos acusarla de robo, porque ella lo dijo bien claro: “¿Me DAS una Cocacola?”… Se la dieron.

Ahora mismo no tengo tiempo para escribir más, pero prometo una próxima entrega…

Píquense, que es gratis y divertido.

miércoles, 4 de junio de 2008

Picaítos

En todos los trabajos ocurren cosas raras, pero en los que tienes que estar en contacto con "la gente" más aún, porque -aceptémoslo- hay mucho picaíto por ahí suelto.
Mi despacho está en una segunda planta y hace cinco minutos he bajado a la primera y un señor al que nunca he visto ni he tenido el gusto de ser presentada me dice:

- "¿Qué? Te he pillado en el baño, ¿no?... Como no estabas en tu puesto de trabajo..."

Con atónita cara le he respondido:

- "Caballero, yo no trabajo en este departamento. El compañero habrá salido un momento y ahora le atenderá".

Con atónita cara, el usuario me ha dicho:

- "No te pongas asín, shoshete, es que pensé que te habías escaqueao... tusabe".

Ya no supe qué decirle... Me desarmó con lo de "shoshete".

En mi lugar de trabajo hay un patio trasero muy bonito con bancos, una fuente, geranios... muy relajante, la verdad. Bien, pues otro usuario picaíto nos ha puesto una hoja de reclamaciones porque llegó una mañana a ver ese patio y la fuente no estaba funcionando... algo que se arreglaba con darle a un botón tan solo y ponerla a que eche agüita fresca del manantial, pero el señor opinó que se arreglaba antes si ponía una hoja de reclamaciones.

Hace unas semanas, estaba yo en la planta baja y llega un visitante japonés -con la mejor de sus sonrisas- y, señalando la cámara de fotos que (evidentemente) llevaba colgada del cuello, comienza a decirme algo así como:

- "Huuucho asrtetaka mishishé..." y otro montón de palabras que sonaban todas iguales.

- "Sorry -le digo, con el mejor de mis acentos- duyuspikinglish?"

El japonés sigue señalando la cámara y me dice:

- "Mishishé... Mishishé tas pongé huuuucho"

- Excusemuá -le digo, con un acento francés inventado- paglevú fransé?

Y él me vuelve a repetir lo de "mishishé... mishishé...". Yo me encogí de hombros y le dije:

- "Lo siento, pisha, pero no entiendo qué es mishishé ni qué es lo que quieres".

En ese momento, el japonés sonríe aún más y me responde:

- "Aaaaahh... foto, quiere foto casa"

Totá, que el mishishé lo que quería era saber si podía entrar a hacer fotos al patio. Lo curioso es que me respondió algo que yo entendiera sólo cuando yo le hablé en castellano-gaditano-universal.

Cosas de la globalización.


miércoles, 14 de mayo de 2008

Siéntate



Hay un hombre sencillo al que se le caen las letras de las manos.


Hay un niño dentro un gran cuerpo que está tocado por la varita de las emociones.


Me he encontrado con un texto de Kico Gómez y no me he podido resistir a compartirlo.


Aquí lo tenéis. disfrutadlo.



Siéntate
los parques nos estaban esperando,
la vida se puede detener unos minutos,
no quieras correr tanto
ni conversar tampoco sobre nosotros,
a lo mejor no es necesario.
Ven, siéntate y mira lo que te rodea
¿Qué parte del mundo eres tú?
¿Qué parte de ti es la que dices que se muere conmigo?
Al fin y al cabo
te estoy dejando los sueños intactos,
yo tan sólo me estoy echando a un lado.
Siéntate, párate a pensarlo
si quieres incluso me siento contigo
y miramos juntos los charcos
y comprobamos quien de los dos se ahoga antes.
Siéntate
sé que te resulta difícil, no lo dudo
sé que hay lugares que estas deseando abandonar,
aquellos donde estuvimos juntos;
sé que existen objetos que me llevan directamente
a caminar por tu memoria;
sé que hay gentes que te preguntan por mí
y te cuesta responder;
sé que sientes que el tiempo no se te devolverá
ni mis veintes, ni tus veintitrés,
ni la virginidad ni el corazón
…lo único que no sabes es cómo lo sé yo,
por eso te lo estoy pidiendo: siéntate
hubo un silencio al que jamás prestaste atención.
Me acostumbré, quizá, a decir lo que querías escuchar
y por eso no comprendías mis silencios.
Siéntate y sécate esa lágrima,
¿ves a esos niños jugar?, ¿ves la vida en sus ojos?
algún día crecerán, y puede, tal vez
que se sienten en este banco como nosotros
y se recuerden jugando, y se emocionen
y quizá se entristezcan pensando que no volverán
a ser niños y a correr alrededor de la fuente,
y puede que se rían, incluso que intenten
volver a correr, saltar los rosales y rodar por la hierba
pero eso no hará que el tiempo retroceda.
Siéntate, míralos
somos casi idénticos a ellos,
tú estas pidiendo también que volvamos
que vuelva a desnudarte, que seamos los de siempre
sin darte cuenta de que nunca seremos los mismos.
Que quizá mentí cuando dije: "he dejado de quererte"
pero estaba en lo cierto cuando descubrí
que tú y yo habíamos crecido de repente
y nuestros caminos, aunque no lo quieras creer
se sucedieron racionalmente diferentes.
…pero siéntate,
ha pasado el tiempo y me alegra tanto verte…

miércoles, 23 de abril de 2008

Increíble

Hacía tiempo que no me asomaba por aquí y casi me había olvidado que tenía blog.

Era Ayla (la más fiel) la que me avisaba y me decía "Entra, que tienes mensajes nuevos".

Y hoy me acordé de mi "Campo al revés" y entré. Nada había cambiado, excepto una cifra. el contador me decía que tenía acumuladas 1.009 visitas...

1.009...

Podría ser una cifra sin más, pero es que ese 1.009 significa que varias personas en más de mil ocasiones de su vida han decidido invertir unos minutos en asomarse a ver qué parida, neura o esquizofrenia me pasaba por la mente y eso es de agradecer y también sorprendente, al menos para mí.

Por eso, muchísimas GRACIAS, porque de las cosas que más valora esta gata neurótica es que le dediquen tiempo, que es de lo que más me falta.
Así que, queridos y queridas, os agradezco que estéis ahí (virtual y físicamente) y que me animéis a creer en que los achuchones blogueros existen.
Besos

miércoles, 2 de abril de 2008

La Sala Roja

Antes que nada, me gustaría aclararles un par de puntos:

1.- Nunca dije que iba a cerrar el blog, sólo que no tenía ganas de escribir.

2.- Sigo sin ganas de escribir.


Peeeeero, de repente, me ha venido a la mente (un pareado chungo) que esta servidora gatuna y contradictoria está asistiendo a un taller de literatura que la Señora del Océano de Gondal está impartiendo en una sala pintada de rojo en la Calle del Silencio, número uno.


Y me he dicho: "pedazo de mastuerza (yo es que me trato con mucho cariño) ¿por qué no pones algunas de las cosas que escribes, alma de dios?".

Así que aquí les dejo el primero, un intento de relato que, al menos, está distraído, creo yo.



Caminaba sintiendo que el suelo estaba mucho más abajo de sus pies.
Flotaba pensando en lo dulce que iba a ser su vida a partir de aquella mañana.
Una cita en el notario… Una herencia… Una vida medianamente resuelta.
Había aguantado con buena cara los desplantes del viejo durante muchos años.
Humillaciones que soportaba sólo por lo que iba a ocurrir hoy.
Subió lentamente los escalones que le conducían hacia su futuro. Saludó uno por uno a los otros tres familiares del viejo que ya estaban sentados en el despacho del notario. Pasó la mano por la silla que quedaba libre, como limpiando los restos del estilo de vida que iba a abandonar.
Para sus oídos, el sonido del sobre que se abría era como escuchar el mar en la terraza de la mansión de Montecarlo o desde el ático de la Costa Brava o, mejor aún, desde el chalé que el viejo tenía en Zahara de los Atunes. Cualquiera de aquellas propiedades podría ser suya en unos instantes.
La voz del notario fue dando paso a sonrisas que no se posaban en su cara. Esas tres propiedades fueron a parar a los otros familiares. El viejo guardaba una última sorpresa.

Bajó lentamente los escalones que le devolvían a su estúpida vida, cargando con un estuche de terciopelo rojo gastado por las esquinas que dentro guardaba una cubertería de plata.
Una vieja y pesada cubertería de plata. Eso era todo.
Miraba con odio aquel estuche, deseándole al viejo la eternidad en el peor de los infiernos.
Caminó hasta su casa, la de siempre, en la que no se oye el mar y se encontró en la puerta con la hija del portero, que se peinaba mientras se miraba en el reflejo del cristal de la puerta.
El gastado estuche le quemaba en las manos.
Mientras esperaba el ascensor, la niña le preguntó qué llevaba dentro de él.
- Cucharas, tenedores y cuchillos –respondió- ¿Los quieres?
La niña pensó en la ilusión que le haría a su madre, pero también recordó que sus padres le prohibían recibir regalos de extraños, aunque no le dijeron nunca nada de los intercambios…
- Te cambio esas cucharas por mi peine.
Él sonrió ante la inocencia de la niña y ante la oportunidad de deshacerse del maldito estuche.

Eso ocurrió una semana antes de que el portero abandonara su puesto de trabajo.
Decían las vecinas que la niña encontró en la calle un viejo estuche.
También decían no sé qué de un doble fondo
.

miércoles, 26 de marzo de 2008

No tengo ganas



No, no tengo ganas.

Y eso que, cuando creé este blog, me hice la promesa de no tomarmelo como una obligación, porque ya tengo muchas, pero por respeto a mis cuatro lectores (que son pocos, pero constantes) me asomo a esta ventanita virtual con geranios sólo para decirles que no me apetece escribir, que no tengo ganas, que no se me ocurre de qué y que -además- no me apetece siguiera pensar en un tema para dedicarle un post.

En fin, que un beso para cada uno/a de ustedes y que lo pasen bien.

Hasta más ver