
Antes que nada, me gustaría aclararles un par de puntos:
1.- Nunca dije que iba a cerrar el blog, sólo que no tenía ganas de escribir.
2.- Sigo sin ganas de escribir.
Y me he dicho: "pedazo de mastuerza (yo es que me trato con mucho cariño) ¿por qué no pones algunas de las cosas que escribes, alma de dios?".
Así que aquí les dejo el primero, un intento de relato que, al menos, está distraído, creo yo.
Caminaba sintiendo que el suelo estaba mucho más abajo de sus pies.
Flotaba pensando en lo dulce que iba a ser su vida a partir de aquella mañana.
Una cita en el notario… Una herencia… Una vida medianamente resuelta.
Había aguantado con buena cara los desplantes del viejo durante muchos años.
Humillaciones que soportaba sólo por lo que iba a ocurrir hoy.
Subió lentamente los escalones que le conducían hacia su futuro. Saludó uno por uno a los otros tres familiares del viejo que ya estaban sentados en el despacho del notario. Pasó la mano por la silla que quedaba libre, como limpiando los restos del estilo de vida que iba a abandonar.
Para sus oídos, el sonido del sobre que se abría era como escuchar el mar en la terraza de la mansión de Montecarlo o desde el ático de la Costa Brava o, mejor aún, desde el chalé que el viejo tenía en Zahara de los Atunes. Cualquiera de aquellas propiedades podría ser suya en unos instantes.
La voz del notario fue dando paso a sonrisas que no se posaban en su cara. Esas tres propiedades fueron a parar a los otros familiares. El viejo guardaba una última sorpresa.
Bajó lentamente los escalones que le devolvían a su estúpida vida, cargando con un estuche de terciopelo rojo gastado por las esquinas que dentro guardaba una cubertería de plata.
Una vieja y pesada cubertería de plata. Eso era todo.
Miraba con odio aquel estuche, deseándole al viejo la eternidad en el peor de los infiernos.
Caminó hasta su casa, la de siempre, en la que no se oye el mar y se encontró en la puerta con la hija del portero, que se peinaba mientras se miraba en el reflejo del cristal de la puerta.
El gastado estuche le quemaba en las manos.
Mientras esperaba el ascensor, la niña le preguntó qué llevaba dentro de él.
- Cucharas, tenedores y cuchillos –respondió- ¿Los quieres?
La niña pensó en la ilusión que le haría a su madre, pero también recordó que sus padres le prohibían recibir regalos de extraños, aunque no le dijeron nunca nada de los intercambios…
- Te cambio esas cucharas por mi peine.
Él sonrió ante la inocencia de la niña y ante la oportunidad de deshacerse del maldito estuche.
Eso ocurrió una semana antes de que el portero abandonara su puesto de trabajo.
Decían las vecinas que la niña encontró en la calle un viejo estuche.
También decían no sé qué de un doble fondo.